Me senté frente al escritorio dispuesto a escribir sobre la felicidad, sobre mi felicidad. Pero horas pasaron y nada salía, nada ocurría. ¿Será acaso que no la conozco? ¿Que no la he vivido siquiera? Obstinadamente me repito que no. Porque sé que la he vivido el problema es que no puedo recordar cuándo o bajo qué circunstancias. La tristeza, ésa sí que está presente y con mucha claridad. Pero entonces, ¿qué es? ¿Por qué será que vivimos con más pasión los sentimientos negativos que los positivos?
No lo sé aún, medito. ¿Y si? ¿Y si pudiéramos alcanzar la felicidad por medio de la tristeza? ¿Será posible?
Sigo sin saberlo. Y la luz natural que ilumina mi escritorio se sigue haciendo cada vez más tenue. Me siento abatido, la oscuridad se ha apoderado ya de mi pequeño estudio. Incluso la luz artificial de la lámpara parece unirse a las penumbras para…burlarse de mí. De mí y de mi hazaña utópica.
Decido parar e irme a recostar. Crear mis propias sombras cerrando los ojos. Descubrir mi interior, hablar conmigo. Y me doy cuenta de algo interesante: no es completamente obscuro, mi sueño, ni blanco tampoco. Veo colores, formas y tamaños muy diversos. Nada es absoluto.
Entonces empiezo a divagar y a recordar pequeños placeres, lugares, días, fechas…pequeños destellos de felicidad, y de igual manera de tristeza. Placeres momentáneos, ¿y la felicidad absoluta? No la encuentro, no existe ¿o sí?
Y lo que pasa es que tanto felicidad como tristeza vienen en pequeñas dosis. En cualquier escala de tiempo vivimos una mezcla de ellas. Pero como la tinta negra mancha más es más visible. Cuesta trabajo, pero creo que podemos ser capaces, de igual manera, de distinguir los colores claros entre los oscuros. Es más difícil y nos tenemos que esforzar más pero definitivamente vale la pena.
Mi alarma no funciona. Los rayos de luz del sol, que se cuelan por mi persiana rota, me despiertan y me dicen que ya amaneció.
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