2.18.2010

Miedo-La impotencia

Cerca de las 5 de la tarde, Alberto entra al mall un poco nervioso. Siente el metal frío en su pantalonera de 20 pesos.  Desde ese instante puede saborear el éxito que lo sacaría de una vida miserable. Si consigue perpetrar el asalto en la famosa tienda de cosméticos que está en el 3er piso conseguiría todo lo que ha soñado, más dinero que otra cosa, también la satisfacción de que por fin después de tanto trabajar y tanto esforzarse sería recordado por los clientes y por los empleados de la tienda, osea, por alguien. Ahora estaba bajo sus propias riendas; no tenía que esmerarse para complacer a otras personas -que en otrora fueran sus tíos-. No obstante, ahora tiene que pensar para tres cabezas, no solamente la suya. Ya que con el bebé en este mundo su responsabilidad como jefe de familia aumenta enormemente. Aún así disfruta el regocijo casi morboso de saber que al regresar de ganarse la vida, no de buena manera, estará esperándolo su esposa, con quien desde que se escapó de la prepa, de las obligaciones y de la vida honrosa, comparte su cotidianidad.


Realmente no tenía un plan, todo iba encaminado para que fuera a lo bestia, sin pensarlo más. Así lo había hecho veces pasadas. El problema es que no es lo mismo saquear un pequeño abarrotes a entrar solo con mano armada y enfrentarse a dos policías que siempre resguardan la tienda de cosméticos.


-Morirán los que sean necesarios-pensó, mientras apretaba el botón del elevador.


A su lado, segundos después de haber apretado el botón, apareció Jonás, quien traía puestos sus audífonos y estaba leyendo un pequeño libro. Absorbido por la lectura, como de costumbre, Jonás  hizo caso omiso a la mirada amenazante que le lanzó Alberto. No le importaba. Él, inmiscuido en sus propios pensamientos, se la vive como todo buen estudiante. Tal vez no como todo buen estudiante, ya que Jonás es de esas personas inquietas y con un sentido de búsqueda incansable, no del todo común. También buen artista. ¡Cómo disfruta la música Jonás! sobre todo cuando es él quien la toca. Aunque no tiene mucha oportunidad para esto, la mayor parte del tiempo por los problemas en casa. De esta manera, prefiere pasar sus días lo más alejado que pueda de su familia. -Qué fastidio-piensa él.


-Qué fácil sería apañar a este cabrón-pensó Alberto al verlo-pero concéntrate, vienes aquí por algo más grande-se dijo otra vez a sí mísmo.


Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Marina, que ya estaba adentro, sonrió a Jonás y miró de reojo a Alberto con gesto de superioridad. Ambos subieron. La suntuosidad de la única mujer en la pequeña recámara en movimiento era notablemente pedante. Accesorios y demás artilugios de las marcas más caras -lo mejor para la nena decía su papi-. No era suficiente con tener coche último modelo, teléfono inteligente, casa en Polanco y demás mamadas; tenía que mostrárselo a las personas para que, por lo menos ella, se sintiera no tan hormiga en este basto universo. Y aún así, ni una gota de esfuerzo derramada en las ganancias obtenidas a lo largo de sus tres décadas de vida. Pero Marina no podía evitar pensar lo peor cuando veía a personas como Alberto.


-Pinche naco. No sé por qué los dejan a entrar a estas plazas.-pensó ella-nomás nos quitan aire y afean el hermoso panorama de la plaza. 


Y la puerta se cerró. No era de esos elevadores de cristal cuyas paredes exhibicionistas dejan ver las nalgas y cuerpos de los que ahí se encuentran. No. Éste era un pequeño ascensor que se encontraba cerca de los baños, de esos que están más escondidos.  


¿Qué hay con los ascensores que cuando al preciso instante en que uno entra se siente incómodo? No importa que tan valiente seas; nunca podrás evitar ese sentimiento de inconformidad, incluso de arrebato de tu propio chi, al estar en una de esas cajas colgantes.


Marina buscaba entrar también a la tienda de cosméticos, pero no con el mismo fin. Por su parte, Jonás, iba en busca de una librería en donde esperaba encontrar el ejemplar que no había podido conseguir durante tanto tiempo.


En el segundo piso subieron Javier y su papá, el niño feliz saboreando su helado tenía toda la cara manchada de este lácteo; Francisco con un gesto más alegre que nada le reprochó y le limpió la cara. Y de nuevo se cerraron las puertas. ¡Qué par eran aquéllos! Si uno los viera sin saber nada de ellos pensaría que son mejores amigos. Esto es particularmente extraño, ya que los dos habían vivido la amarga experiencia del divorcio. Al parecer esto los unió aún más. Ahora con más tiempo libre, por la promoción que había obtenido Francisco, se podían dar el lujo de salir de la ciudad, o en este caso disfrutar el ver una película juntos cualquier fin de semana.


Suspiro grupal, implícito e incómodo, de parte de nuestros cinco personajes, fue el que se dio en cuanto se cerraron las puertas. Ese silencio rutinario, tantas veces escuchado por el ascensor, fue interrumpido por un fuerte golpe y el apagón inmediato de las luces. Casi de manera sincronizada le siguieron el llanto del niño y los gritos de la mujer atemorizada. En ese mismo instante rondó por la mente de nuestros participantes ese sentimiento de impotencia. Porque finalmente eso es lo que pasa en estos casos, no depende de uno poder salir. Las luces apagadas propician aún más la fragilidad de nuestra intimidad, no se puede evitar sentir que lo están observando.


No fueron contados los minutos por los 5 nuevos aventureros, sin embargo, se les hizo una eternidad. El silencio ahora no era presente; las respiraciones se hacían cada vez más forzadas entre los que se encontraban allí, y el llanto después de los primeros 20 minutos, había cesado. La luz de emergencia no volvió sino hasta media hora después, y la penumbra que cubría a nuestros personajes se desvaneció así como llegó. La tranquilidad del poder ver de nuevo la luz hizo que se voltearan a ver entre sí. Ahora era más claro quién es quién. Ja. Y los estereotipos mentales de cada uno de nuestros personajes saltaron a la vista en cuanto volvió la luz. 


Y como si los hubiera unido ese pequeño percance, alguien por fin habló:


-Creo que lo que debemos hacer primero es mantener la calma-dijo Jonás con tono afable a todos-ahora bien, debe haber un teléfono de emergencia dentro del ascensor para estos casos.


-Sí, aquí está-contestó Marina, todavía con el espanto en la piel.


-Muy bien-contestó Jonás-ahora, creo que debemos...


-A ver güey, ¿a ti quién te hizo el jefe aquí? -le reprochó Alberto.


-¿Perdón?-dijo Jonás, totalmente sacado de onda-no es que quiera hacerme el jefe pero creo que debemos mantenernos juntos y con calma para salir lo más rápido posible de esta situación.


-Yo estoy de acuerdo-respondió Francisco, en vez de Alberto, desde una esquina de la pequeña jaula blindada gris-si empezamos a agredirnos unos a otros esto va a tardar más y vamos a tener más miedo. Además aquí nadie sabe de lo que es capaz cada quién-continuó Francisco.


-¿Qué chingados quieres decir con eso güey?-le respondió enojado Alberto a Francisco-¿Acaso me estás diciendo delincuente?


-Nada de eso. Sólo digo que hay que mantener la calma para que...


-Sí, mantener la calma. Ajá-dijo en tono sarcástico Alberto-como si no se nos hubiera ya arruinado la tarde por culpa de estas pendejadas...


-¡Te pido que cuides tu lenguaje frente a mi hijo...


-¡O si no ¿qué?!-dijo Alberto amenazante sacando la pistola de sus pans y apuntando a Francisco.


Marina y Jonás de expectadores lo único que pudieron pensar fue instintivamente hacerse a un lado, para que la boca de vapor del arma no se les quedara viendo. Javier reventó en llanto una vez más.


-¡Cállate!-le dijo Alberto al niño, ahora apuntándole a él.


-¡No le apuntes por favor, ya no hablamos ni lloramos pero por favor no le apuntes a mi hijo!-le suplicó Francisco a Alberto.


La repentina reacción de Alberto sorprendió a todos, pero más a él mismo. Intelectualizándolo, Alberto sabía bien porqué estaba enojado -todo el plan se había ido a la mierda por culpa del percance-. Pero era otra cosa, una parte de sí mismo que el no conocía ni  había experimentado antes. Quizás lo más parecido haya sido una de esas veces en las que tenía que ayudarle a sus tíos, y para tal fin tenían que tomar el metro; Alberto recuerda vagamente que no le gustaba estar entre tanta gente a horas pico. Sin embargo esto era distinto, se sentía atrapado, privado de sus propias decisiones, atemorizado totalmente; porque se dio cuenta que no depende de nosotros nuestro destino. -No estamos en nuestras manos-se dijo muerto de miedo. Quizás por esto se calmó un poco, no porque el impacto haya cesado, sino porque había sido el pensamiento más existencialista que haya tenido en toda su vida, y no le gustaba hacerla de filósofo.


Atónito, se fue hacia una esquina del ascensor, y se sentó en el suelo, pensando y reflexionando una y otra vez. El miedo se convirtió en doble: el pensar en el destino y en el porqué de su existencia, y sentirse  totalmente acorralado, no sólo por las cuatro paredes de la habitación, ni por sus cuatro acompañantes,
sino por su propio karma. Si dejaba de pensar en su destino, inmediatamente aparecería el miedo persecutorio de las paredes que se hacen más chicas; con ello todos sus síntomas: taquicardia, exasperación, sudor, "no poder respirar",... sentir que se muere. Por eso decidió aferrarse a su otro miedo y seguir pensando en él.


La situación fue relajada por la decisión de Alberto de separarse un poco del grupo. Y sin objeción alguna por parte de los demás. 


Otro suspiro, pero ahora por parte de Marina y Jonás. Ya un poco más tranquilos decidieron usar el teléfono de emergencia, el cual por cierto no servía. Marina descubrió la misma impotencia que había sentido Alberto al quedarse frío e inerte. Esto la escarmentó, y el miedo la recorrió desde la punta de la cabeza hasta los pies. Lo que le pasó a Marina no fue menos horroroso que lo que sintió Alberto. El miedo se apoderó de ella, como un ente fuera de su propia esencia, y no lo podía controlar por más que quisiera. Ahora ni el dinero la ayudaba. 


-¡Nos vamos a morir en esta pinche caja hedionda!-dijo Marina desesperada, tras no haber obtenido resultados satisfactorios con el teléfono de emergencia.


-Cálmate-le dijo Jonás-no nos pueden dejar aquí, por lo menos debe de haber una persona que sepa que estamos aquí. Mira-y señaló hacia una cámara de seguridad que se encontraba en el ascensor.


Esas simples palabras calmaron momentáneamente a Marina, pero ni Jonás se las había tragado por completo. El miedo que sentía él era apacible hasta ahorita, pero si se quedaba más tiempo allí sabía que no lo podría controlar.


-Papi, tengo que ir al baño-dijo el pequeño Javier.


-Agúantate m'hijito, ahorita no podemos hacer nada al respecto.


-¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí?-dijo el niño.


-No lo sé... no lo sé.


-Papi, tengo miedo-dijo de nuevo Javier.


-¿Pero de qué?, si ya sabes que yo estoy aquí, y estoy para protegerte-le sonrió a Javier, de manera forzada.


Alberto ya casi delirante, se movía constantemente; eso ponía muy nerviosos a los demás pasajeros de aquel navío náufrago de cables y circuitos. Y es que Alberto se encontraba en una encrucijada, elegir uno de los miedos. El estar en medio de ambos era peor para él.


El tiempo transcurría cada vez más lento. Para hacerlo más ameno Jonás empezó a hablar con Marina, y ella coqueteaba con él. Francisco y Javier por su parte se divirtieron de buena manera con una baraja que Francisco traía consigo "para cualquier circunstancia"... ¡y vaya circunstancia!


No había nada que pudieran hacer; esto lo aceptaron de manera mansa y tácita. Se cansaron de buscar alternativas para salir de la caja, la cual parecía hacerse más y más pequeña.


Hasta que el pequeño Javier no pudo contenerlo más. Y lo que de por sí ya parecía una tortura, ahora, se había convertido en una líquida y apestosa. Por supuesto el pequeño se puso nervioso y empezó a llorar, entre Marina, Jonás y su papá trataron de apaciguarlo. En vano. Los decibeles aumentaron tanto que eso sacó del ensueño delirante en el cual se encontraba Alberto. Esto acabó con su paciencia. El llanto fue tan brutal para él que lo hizo decidirse por el miedo que más le espantaba, y ahora, pero con más ahínco y más convicción sacó de nuevo la pistola.


-¡Cállate, puta madre!-gritó lo más fuerte que pudo, empapado en sudor.


Lo curioso es que Alberto no se había dado cuenta de la situación líquida en la cual se encontraban todos ahora; una vez que se dio cuenta de ello decidió ponerle fin. 


Activó el arma y...¡PAM!


Oscuridad estruendosa de nuevo.


La luz falló otra vez, y como la vez anterior el acompañamiento fue el llanto del niño y los gritos de ¡no! de todos los demás presentes, a excepción de Alberto. En ese momento, el miedo fue común a cuatro de los integrantes de la cabina. El pensamiento más atroz. El miedo que había sentido Alberto fue transferido a ellos, de manera inusual. Porque al fin de cuentas las acciones de Alberto se veían regidas por su miedo y no por él, y esto lamentablemente desencadenó el otro miedo en los demás.


En seguida se escucharon uno, dos, tres balazos. Retumbaron en toda la pequeña habitación, y de nuevo el silencio hizo aparición.


Jonás pudo comprobar que el color carmesí de la sangre combinaba de manera perfecta con las luces pálidas de la plaza, sosteniendo el arma que dio fin a su anterior portador ante las miradas atónitas del público que intacto se sostenía, al momento en el que por fin se abrieron las puertas del ascensor.

2.09.2010

Fantasía

La semana pasada ni tiempo me dio de escribir, pero no quería dejar pasar el tiempo sin subir nada, entonces pensé y he aquí esta hermosisíma Fantasía para piano a cuatro manos de Schubert en fa menor, creo que esta versión es la mejor que he escuchado. Personalmente se ven vertida en ella todas las emociones del ser humano. Creo que es mejor escucharla con audífonos, de otra manera se pierde un poco el impacto de la pieza...