
Va el segundo cuento, éste viene acompañado de un pequeño dibujo que hice:
El barista
Despertó y con el brazo adolorido por haber dormido encima de él se dirigió hacia la cocina para empezar de "buena manera" el día. Dicho así por él mismo.
Por el apuro y el brazo adormecido ni siquiera se fijó con qué pie se había levantado del que algún día fuera el tálamo nupcial.
Ya en la cocina, cumplió su rutina casi como un deber: un jugo, 3 partes de naranja y 2 de toronja, después los huevos y como era lunes debían ser revueltos. El vapor aromático de la infusión y la sensación de calor en sus yemas lo revivieron.
Embriagado por los aromas de la mezcla, procedió a beber, un deseo amargo en el paladar y dulce en el recuerdo.
Imaginó que saboreaba el sudor de miles de seres que recolectan este grano para que millones de personas lo beban como un acto rutinario más.
¡Él no! Él es un artista en su profesión...gran catador de sus creaciones y... ahora desempleado.
Hubo saciado su hambre se dispuso a proseguir. Bañarse bajo el vapor de la energizante bebida y después salir hacia la realidad, en donde debe llegar para cumplir, aunque rompa sus principios y hacerla de robot en Starbucks. El trayecto hacia el infierno en vida era largo, y cada punto donde paraba el pesero le hacía recordar eventos.
Primero: la tienda donde junto a su esposa compró el colchón que ahora alberga y da cobijo a un solo cuerpo, sobre el cual las pasiones más sublimes y los tiernos deseos adolescentes se cumplían de manera casi continua.
Segundo: el que fuera su punto favorito durante mucho tiempo, donde se proveía para poder ofrecer un servicio artístico del tan conocido brebaje. El olor reconfortante del abastecimiento pour son petit commerce.
Esto nos lleva al tercer punto: Su negocio junto con la ausente. La razón de levantarse todos los días a las 6 de la mañana, para ser el carnicero o el quesero dentro de su oficio, pero siempre con un toque artesanal y artístico. Ahora sólo es una sucursal más del recurrente negocio dañino cuyos colores, verde y negro, ya están inmersos en la pintura folclórica de la ciudad.
El último punto no es tan alegre, totalmente lo contrario. Ahí vivió las penas más duras y los dolores más amargos que ni el dulce sabor de su Mona Lisa líquida pudo lavar. El hospital que llevó a bancarrota su negocio y su vida misma. En esa época, la vida la concebían ambos como una obra de arte. Eruditos los dos por formación rígida parental se conocieron en una exposición de fotografía. Fue raro que se cruzaran sus caminos. Si no hubiera sido por un inocente accidente con el vino jamás se hubieran conocido y por ende él no habría terminado con el corazón marrón de instrumentista gourmet, destrozado.
Le diagnosticaron cáncer en una etapa avanzada y cuando comenzó el tratamiento era prácticamente inservible. Ella decidió pasar los últimos días con su querido esposo. Pero él necio frente a la huesuda insistió.
Fue una tarde en palabras húmedas de su esposa que él comprendió y lo planeó todo: primero un viaje alrededor del globo terráqueo, después una gran fiesta de despedida con todos sus conocidos. En este punto nuestro artista tuvo que hipotecar su bistro y darle un respiro a eso de lucrar humildemente con el arte. Jamás lo recuperaría.
Pasó, y la ceremonia fue bella. El dolor fue amortiguado de cierta manera por el viaje y la fiesta, sin embargo jamás sería lo mismo. El cementerio donde fue enterrada su esposa quedaría de frente al nuevo trabajo de él. Sólo por eso aceptó ser una máquina más del tan prestigioso consorcio gringo, para que desde ahí le brindara todos los días una buena taza de café.