4.08.2010

À cause d'un clown

Mientras subíamos a la patrulla todo lo que podía pensar era en el alto precio que se paga por tratar de expresarse. Así era en ese momento para nosotros tres. Los instrumentos musicales no nos servían de escudos ante las injusticias del sistema. Cómo anhelaba en ese instante que las notas suaves del sax o de la guitarra me sacaran de ese ensueño desagradable, amargo. En esos asientos de plástico blanco, detrás de la ventana del mismo material que separa al "bueno" del "malo"; lo único que nosotros, músicos, podíamos compartir era ese sentimiento de enojo e impotencia.

-¿Adónde nos llevan?-preguntó uno de nosotros.
Mas no hubo respuesta, tan siquiera no en la inmediatez. 

Bajamos de la patrulla tratando aún de comprender qué era lo que iba a pasar después. Guiados por los policías caminamos por la plaza de Pino Suárez para llegar a la delegación.

-¿Qué procede, poli?-volvió a preguntar.

-Mira, lo que va a pasar ahorita es que van a llenar el formulario, después les harán el examen médico y después pasan con el juez para pagar la multa, si es que les alcanza-dijo en tono medio burlón.
Entramos a la delegación. Ahí había de todo, por lo menos en la fila de espera. Esperando a ser procesados.

Y sucedió tal cual nos lo dijo el poli: 

Llenar el formulario, explicando qué fue lo que había pasado. Así nos enteramos que nos habían detenido gracias al buen tino de las cámaras instaladas en el Zócalo, y cuando empezamos a tocar ahí -sin el permiso que se necesita- llamaron a los polis que directamente fueron a detenernos. Como no había mucha gente, a lo mucho tres o cuatro personas, escuchándonos; fuimos más fáciles de localizar. Uno de los policías nos comentó que dijéramos que teníamos 18 años, para poder pagar la multa sin necesidad de llamar a los papás. Y de paso nos dijo que a lo mucho serían 80 pesos por cabeza. Y así le hicimos. El miedo, el espanto y el enojo instantáneo lo único que nos decían era que saliéramos lo más rápido posible de ahí, y para ese fin hicimos todo lo posible.

Después de haber hecho el primer paso nos pasaron detrás de la barra, la cual separaba a los "delincuentes" que iban llegando de los que ya tenían más rato ahí. Cuerdas, mangueras, bolsas de dulces incluso hasta un carrito de Bon Ice era lo que veíamos que estaba incautado -de los demás aprehendidos-.


-¡Quítense las agujetas!-dijo otro policía.

-¿Y eso?

-Es para que no se cuelguen dentro de la celda.

Estuvimos esperando bastante tiempo para que nos hicieran el examen médico, ya se hacía tarde y no queríamos tardarnos más. Uno por uno pasamos frente a la "doctora".

-Buenas noches, joven-dijo ella-¿por qué lo detuvieron?

-Por tocar en la calle, somos músicos.

Poco le importó esto y me siguió preguntando.

-¿Ha bebido alcohol o ingerido alguna droga en las últimas 24 horas?

-No

-¿Qué día es hoy, mes y año?

-Cuatro de julio del dos mil nueve.

En seguida me pidió que me bajara los pantalones, medio nervioso lo hice.

-Solamente para checar que no tenga heridas graves-dijo, tardó unos segundos más y después volvió a decir- Muy bien, ya está. Listo. Buenas noches.
No pasó ni un minuto al salir del cubículo de revisión y el policía ya me llevaba a la galera. De reojo pude ver que ninguno de los otros dos estaban donde esperábamos, supuse que habían corrido la misma suerte. Y lo comprobé tan rápido me dejó el policía en la "celda".

Las galeras estaban más escondidas que la "recepción" de aquel lugar. Tan escondidas como una ratonera o el nido de la cucarachas, oscuro, lúgubre y apestoso. Entré y ahí estaban los otros dos, junto con 8 personas más, en una celda muy apretada. Aquello era demasiado desagradable. Muy cerca de las rejas estaba el baño: un hoyo asqueroso con nada para cubrir más que 2 paredes en forma perpendicular, estaba esquinado. A los lados asquerosas marcas de dedazos deseosos de querer limpiar algo, haciéndole compañía a los grafitis y rayones que imperaban en toda la galera. Como música de fondo podíamos escuchar los gritos desenfrenados de una borracha que minutos atrás, en el examen médico, no podía ni cruzar 1 metro sin tambalearse. 

Rápidamente nos pusimos hablar entre nosotros, a empezar a planear algo. Más que planear era compartir la misma pena porque no había realmente nada, al instante, que pudiéramos hacer.

-¿Y a ustedes por qué los agarraron?-nos dijo alguien del otro lado de la caja.

-Por tocar música sin permiso en el Zócalo.

-Jajaja, qué mamadas. Estos güeyes ya nos saben ni a quién detener.

-¿Y a ustedes?

-Por vender en la calle, sin permiso. Estábamos afuera del Metropolitan.

-Chale, no manches.
De esa misma manera nos enteramos que todos los que se encontraban en la celda habían sido detenidos por "ambulantaje", por querer ganarse la comida. Grandes y chicos todos los que allí estaban fueron detenidos bajos esos mismos términos. Entonces pudimos empezar a asociar lo que vendía cada quién: alguno mangueras, otro más tamborines, otro discos y por allá vimos al señor con su traje de Bon Ice.

-¡Devuélvanme mis 200 pesos!-gritaba la borracha en otra ratonera aparte-¡Pinches policías culeros, devuélvanme mis 200 pesos!
Nos sentamos y quedamos en silencio por un rato; tratando de hacer cómplice al ambiente, al día, a la celda.

-¿Y a usted por qué lo detuvieron?-preguntamos al señor de los Bon Ice.

-Jajajaja, está buenísima su historia, güey-contestó un chavo, más o menos de nuestra edad, en lugar del señor.

-Sí, jaja, todo fue culpa de un payaso-dijo alguien más del otro lado de la galera.

-¿Y por qué por un payaso?
Fue ahí cuando nos empezó a contar la historia. La verdad fue algo relajante, necesitábamos un poco de risa entre tanta cosa mala. Y la historia fue perfecta para aceptar, a risotadas, lo que en ese momento era inevitable. Ya saldríamos después, pero en ese instante nos reíamos. Aunque con pena, realmente. Porque pudimos observar que el señor, en sus cuarenta, tenía algún tipo de discapacidad o por lo menos retraso intelectual. En realidad el no merecía estar ahí,  fue el giro inesperado de eventos que lo llevó a ese lugar. Y empezó a contar.

-Pues verán, eran aproximadamente las 4-5 de la tarde. Yo como siempre trataba de vender el producto y con ese fin iba caminando por el centro después me moví hacia el Metropolitan, ya que vi que había evento ese día y que quizá podría tener más suerte vendiendo ahí. Total, me puse afuera del Metropolitan con mi carrito de Bon Ice, afuera había todo tipo de ambulantes, pero yo no me preocupaba porque tengo permiso para vender.

-¿Entonces, por qué lo detuvieron?-preguntamos, ya interesados.

-P'allá voy. Ahí estaba despreocupado cuando veo que se me acerca un payaso...

-Jaja, ¿un payaso?

-Sí, sí. Con maquillaje, zapatos y toda la cosa. Él traía volantes y los estaba repartiendo afuera del Metropolitan. Lo que yo no vi es que era publicidad distinta del lugar, es más, creo que eran volantes para un table, con mujeres desnudas y toda la cosa...

-Jajaja-reían todos dentro del lugar.

-Jaja-rió también él-Después de eso, el payaso se acercó a mí y me dijo que le hiciera el paro ayudándolo a repartir los volantes, que nada más le faltaban pocos. Decidí ayudarle a repartir los volantes, total no quedaban muchos. No pasaron ni 10 minutos y vimos todos los que estábamos ahí llegar a la patrulla. Todo mundo empezó a levantar sus cosas en chinga, yo, me quedé pasmado, aunque no preocupado por eso de que tenía permiso. Pero aún tenía los volantes en la mano y los polis los vieron e inmeditamente después ya me tenían junto con los demás ambulantes. Sólo pude observar que el payaso que me había dado la publicidad se echó a correr y su traje y sus zapatotes fueron lo último que observe antes de llegar aquí.
Las carcajadas no se hicieron esperar. Y sí, fue culero burlarse así de su desgracia, pero era lo único que podíamos hacer en ese momento. Todos nos encontrábamos por las mismas y la risa es el único refugio al que podíamos acudir. Después de eso nos dejaron hacer las llamadas, cada quién llamó a sus respectivos hogares esperando a que no tardaran demasiado. Y volvimos a entrar en la galera.

-¿Y usted "Bon Ice", no va a hablarle a alguien?

-Pues no tengo a nadie a quien llamar-nos dijo, con un tono más triste en su mirada. Ahora ya no se respiraba alegría momentánea, ahora sólo era aceptar la realidad en forma pura, lamentable.

-¿Su familia?

-No pues no tengo a nadie más que a mi hermano y él vive en Puebla.

-¿Y a su trabajo? ¿No puede llamar para que lo saquen?

-Sí, pero a esta hora ya no hay nadie. No tiene sentido. Cierran a las 8-eran cerca de las 12.

-Entonces, ¿se va a quedar aquí toda la noche?

-Pues al parecer sí.-volvió a decir pero ahora con una mirada más triste.
Después de la anécdota cada quién volvió a examinar su propia respiración. A sentir su circulación interna. A respirar, en silencio.

No recuerdo exactamente cuánto tiempo pasó después de eso, pero se nos hacía eterno. Durante todo el rato los gritos de la borracha eran los que tapizaban el lugar y algunos compañeros de celda nuestros la callaban, y nos reíamos todos juntos de nuevo. Pero el compañerismo inmediato dado por la galera nos ayudó un poco a pasar un rato menos desagradable.

-Músicos, llegaron por ustedes-nos dijo el policía del otro lado de las barras.