De toda su colonia ésa era la casa que le causaba la mayor intriga de todas. Era el único punto distinto que resaltaba en la pintura de lo cotidiano. Algo que no cabe, algo que no se explica porqué está ahí.
Desató en él las locuras internas más extremas, por decirlo de algún modo. Siempre que él pasaba por allí aparecía un deseo incontrolable de entrar a aquella fortaleza, pero al mismo tiempo algo que lo detenía.
En boca de los vecinos esa propiedad causaba revuelo. Chismes y rumores dando explicaciones e hipótesis de lo que aún en ese momento era inexplicable, incomprensible. Nadie nunca vio entrar o salir a alguien y aun así se sentía algo alrededor de ella, casi como si estuviera viva.
Ricardo recuerda haber vivido gran parte de su vida en esa colonia, hasta los 20 años. Ahora con una vida independiente, trabajo y escuela, añora cada momento que vivió en su primer hogar: esa pequeña casa muy acogedora, muy familiar, ubicada al norte de la ciudad. Ahora cada fin de semana visita la casa donde se formó, sin rencor alguno hacia sus padres, y de paso visita el parque más cercano donde puede observar la otra que, todavía, le causa intriga y deseo.
Esa sopa de todos los días en la comunidad era al mismo tiempo un tabú. Se tenía prohibido, en casa de Ricardo, hablar del tema. Prohibición fomentada por los padres, obviamente; ya que desde que él era niño recuerda haberse interesado por tal sujeto inentrañable. Este tabú sólo aumentó en Ricardo el deseo intenso de saber qué es lo que protegía con tanto celo aquella edificación.
Durante toda su infancia y adolescencia, y ahora en su vida independiente, lo carcomió y aún lo carcome las ganas de ver, oler, sentir...¡saber qué es lo que hay ahí adentro! Incluso en sueños podía ver esa imagen obsesiva: El gran castillo gris que ocupa toda una esquina con todas las ventanas y puertas negras tapiadas; en frente de él ,defendiéndolo, o más bien defendiendo el secreto, se encontraban sus aliados, sus cómplices naturales de gran altura con cabellera verde en primavera y semi-pelones en invierno.
Ideó, sobre todo en su infancia, gran cantidad de planes para entrar, sin embargo todos se quedaban en la cabeza, sin llevarse a cabo. Fue cuando tenía 15 que lo intentó por primera vez, actuando más por inercia que por otra cosa. Mas la suerte no corría de su lado, ya que cuando estaba en el cenit de su plan maestro pasó una patrulla que lo detuvo inmediatamente. No fue gran cosa el castigo que recibió por parte de ellos, observaron primero al aventurero que al delincuente. Aun así en casa recibió un gran regaño. Sus padres furiosos le prohibieron salir de la casa y durante dos meses de vacaciones se la pasó aburridísimo encerrado.
Y desde entonces no lo volvió a intentar, hasta este momento. Ya no tenía padres que lo castigaran pero de todas formas tenía que tener cuidado para no caer en problemas con la "ley".
Planeó todo de manera mucho más prolija, más inteligente, más adulta. Incluso así, parecía una tarea imposible. Se preparó durante semanas con un sólo objetivo en la cabeza. Había observado días atrás una pequeña abertura en una de las ventanas más altas y pensó que la podría aprovechar. Los mismos cómplices de la casa le ayudarían a alcanzar tales alturas.
Y el día llegó.
Un domingo después de la acostumbrada merienda en su antiguo hogar fue hacia la esquina misteriosa. Ya era tarde y eso favoreció a que no lo viera nadie. Trepó el árbol más frondoso y fuerte, dudó de su plan unos segundos cuando casi cae a causa de una rama floja, pero continuó subiendo, ya veía más cercana la meta. La ventana continuaba un poco abierta, se balanceó e hizo un gran salto que por poco no logra. Al fin estaba adentro y para su sorpresa no había nadie en el segundo piso. La decoración le era conocida, familiar. Avanzó por un gran pasillo adornado por diversos cuadros que no tenían mucha relación entre sí, algunos eran paisajes, otros actividades, otros más retratos, lo curioso es que él se sentía identificado con todos los cuadros. Los paisajes eran lugares a los que había viajado; las actividades, hobbys que le gustaba hacer y reconoció a dos que tres personas de los retratos. Siguió por el pasillo y divisó tres habitaciones: una era un baño totalmente normal, la otra una recámara para un matrimonio y la última era una habitación para una sola persona. Reconoció todo en el cuarto: los pósters, los libros, las revistas, la ropa...¡todo era suyo! Más desesperado y confundido regresó de nuevo al pasillo y empezó a escuchar ruido, como si fuera de una gran fiesta. Se asomó por la abertura de la ventana de donde había entrado y no notó nada distinto, la calle seguía plana, obscura y seca. Sin embargo en el interior era una algarabía. Decidido, comenzó a bajar las escaleras. Conforme bajaba las escaleras podía empezar a observar rostros: maestros, amigos, conocidos, tíos, primos, ex-novias, mascotas y...
-¡Mamá! ¡Papá!
6.24.2010
5.19.2010
Der Spiegel
-Hola. Lo sé. Las cosas han estado un poco complicadas. Por eso no había pasado a verte. ¿Tú, cómo has estado?
-Pues ya sabes, lo mismo de siempre. Hay días más largos que otros, más aburridos.
-¿Por qué crees que pase eso?
-No lo sé. Podría formularme mil explicaciones pero ninguna serviría, si lo supiéramos no estaríamos tan confundidos todo el tiempo, jaja.
-Tienes razón. ¿Has seguido dibujando?
-Sí. Ahora más que nunca. Por alguna razón todo me parece una fotografía que tengo que tomar, con mis manos. Aunque eso no me quita lo aburrido. ¿Y tú? ¿cómo va el trabajo?
-Renuncié...
-¡¿Y eso?!
-Larga historia. El chiste es que ahora tengo más tiempo para mí y para mi novia, para pensar también.
-Es cierto, ¿cómo está ella?
Tardó para responder esa pregunta y finalmente dijo:
-Muy bien, la veo más tranquila...más que otras veces.
-Qué bueno, me alegro. Y dime ¿a qué has venido?
-¡Carajo! ¡¿No puedo venir simplemente a saludar?!
-¡Claro! Sólo que no te había visto en demasiado tiempo, por eso te pregunto, ¿hay algo que te moleste?
-¡Por eso no había venido! Siempre sacas conclusiones prematuras, sin bas...
-Ya, ya. Lo siento.
Ahora reinaba calma en aquella habitación. Ambos personajes compartieron un silencio de perdón vergonzoso, pero aún tenso.
-No sé...siento que todo se desmorona. Sí hay algo que me molesta, y la verdad ya no sé qué hacer. Es como si hubiera perdido mi sentido de dirección.
-¿A qué te refieres?
-Pues las cosas en el trabajo no andaban bien, y a decir verdad en el depa tampoco...
-¿Qué ha pasado?
-Me enojé el otro día y me acordé de ti.
-Jaja, gracias. Me alegra estar en tus pensamientos, aunque sea así.
-Mi jefe me prometió un mejor puesto si me ponía las pilas. Y lo hice. No tienes idea, me puse a trabajar como loco, a hacer más llamadas, a traer más pedidos idiotas. Y pensé que lo conseguiría, realmente lo pensé.
-¿Y?
-Al mes entró a trabajar un sobrino suyo...
-Lo siento...
-¡No! ¡Yo lo siento! Me maté trabajando en vano, ¿y sabes qué fue lo que me dijo el pendejo?
-¿Qué?
-"Lo siento, Armando. Eres muy bueno, pero la familia es primero"
-Maldito.
-Ese mismo día me salí encabronado de la oficina hacia un bar. A la media hora ya no sabía ni lo que bebía.
-Verás. Es bueno desquitarse pero ésa no es la mejor manera...
-¡Otra vez! ¿Lo ves? Siempre aconsejándome, como si fueras mejor que yo, como si fueras...el sobrino.
-Perdón, no lo vuelvo a hacer. Continua, por favor.
-Regresé al depa y ya te imaginarás. Ella estaba encabronadísima. Discutimos y ni siquiera me dejó decirle porqué estaba pedo.
-¿Y después?
-Me salí de nuevo. Todavía era horario de oficina...
-Fuiste a renunciar.
-No sabía qué es lo que iba a hacer. Sólo quería caminar y despejarme de todo, pero llegué a la oficina.
Ambos levantaron las manos para acomodarse el cabello.
-¡Tienes las manos empapadas de sangre!
-Ya era medio noche y sólo estaban el pendejo del jefe y su pinche sobrino. Medité en decirle algo, algo realmente bueno, para que se sintiera como el asco de persona que es. Sin embargo no hallaba las palabras correctas en mi mente, me fue más fácil hallar el cuchillo...
-¡¿Qué hiciste?!
-Jaja. Ni siquiera sé porqué había un cuchillo en mi cubículo. Supongo que estaba aguardando el momento indicado, el momento en el que tendría que ser convertido en cómplice. ¡Fue tan fácil! No tenía idea que matar fuera tan sencillo...
-¡¿Por qué lo hiciste?
-Y cuando regresé a casa yo pensé que ella me comprendería, me confortaría. ¡Pero no! Lo único que dijo fue: "¿Qué has hecho?" Horrorizada me miró, como si fuera una especie de monstruo, como si fuera mejor que yo, ¡como el puto sobrino! Tuve que...
-¡No! ¡¿Por qué?! La amábamos...
-Ya no era ella...
-¡No! ¡Ya no eres tú!
Se acomodó el peinado con la mano ensangrentada una vez más. Los dos se miraron fijamente a través del reflejo. Apagó la luz y salió del baño.
4.08.2010
À cause d'un clown
Mientras subíamos a la patrulla todo lo que podía pensar era en el alto precio que se paga por tratar de expresarse. Así era en ese momento para nosotros tres. Los instrumentos musicales no nos servían de escudos ante las injusticias del sistema. Cómo anhelaba en ese instante que las notas suaves del sax o de la guitarra me sacaran de ese ensueño desagradable, amargo. En esos asientos de plástico blanco, detrás de la ventana del mismo material que separa al "bueno" del "malo"; lo único que nosotros, músicos, podíamos compartir era ese sentimiento de enojo e impotencia.
Bajamos de la patrulla tratando aún de comprender qué era lo que iba a pasar después. Guiados por los policías caminamos por la plaza de Pino Suárez para llegar a la delegación.
-¿Adónde nos llevan?-preguntó uno de nosotros.
Mas no hubo respuesta, tan siquiera no en la inmediatez.
Bajamos de la patrulla tratando aún de comprender qué era lo que iba a pasar después. Guiados por los policías caminamos por la plaza de Pino Suárez para llegar a la delegación.
Entramos a la delegación. Ahí había de todo, por lo menos en la fila de espera. Esperando a ser procesados.-¿Qué procede, poli?-volvió a preguntar.
-Mira, lo que va a pasar ahorita es que van a llenar el formulario, después les harán el examen médico y después pasan con el juez para pagar la multa, si es que les alcanza-dijo en tono medio burlón.
Y sucedió tal cual nos lo dijo el poli:
Llenar el formulario, explicando qué fue lo que había pasado. Así nos enteramos que nos habían detenido gracias al buen tino de las cámaras instaladas en el Zócalo, y cuando empezamos a tocar ahí -sin el permiso que se necesita- llamaron a los polis que directamente fueron a detenernos. Como no había mucha gente, a lo mucho tres o cuatro personas, escuchándonos; fuimos más fáciles de localizar. Uno de los policías nos comentó que dijéramos que teníamos 18 años, para poder pagar la multa sin necesidad de llamar a los papás. Y de paso nos dijo que a lo mucho serían 80 pesos por cabeza. Y así le hicimos. El miedo, el espanto y el enojo instantáneo lo único que nos decían era que saliéramos lo más rápido posible de ahí, y para ese fin hicimos todo lo posible.
Después de haber hecho el primer paso nos pasaron detrás de la barra, la cual separaba a los "delincuentes" que iban llegando de los que ya tenían más rato ahí. Cuerdas, mangueras, bolsas de dulces incluso hasta un carrito de Bon Ice era lo que veíamos que estaba incautado -de los demás aprehendidos-.
-¡Quítense las agujetas!-dijo otro policía.
-¿Y eso?
-Es para que no se cuelguen dentro de la celda.
Estuvimos esperando bastante tiempo para que nos hicieran el examen médico, ya se hacía tarde y no queríamos tardarnos más. Uno por uno pasamos frente a la "doctora".
No pasó ni un minuto al salir del cubículo de revisión y el policía ya me llevaba a la galera. De reojo pude ver que ninguno de los otros dos estaban donde esperábamos, supuse que habían corrido la misma suerte. Y lo comprobé tan rápido me dejó el policía en la "celda".-Buenas noches, joven-dijo ella-¿por qué lo detuvieron?
-Por tocar en la calle, somos músicos.
Poco le importó esto y me siguió preguntando.
-¿Ha bebido alcohol o ingerido alguna droga en las últimas 24 horas?
-No
-¿Qué día es hoy, mes y año?
-Cuatro de julio del dos mil nueve.
En seguida me pidió que me bajara los pantalones, medio nervioso lo hice.
-Solamente para checar que no tenga heridas graves-dijo, tardó unos segundos más y después volvió a decir- Muy bien, ya está. Listo. Buenas noches.
Las galeras estaban más escondidas que la "recepción" de aquel lugar. Tan escondidas como una ratonera o el nido de la cucarachas, oscuro, lúgubre y apestoso. Entré y ahí estaban los otros dos, junto con 8 personas más, en una celda muy apretada. Aquello era demasiado desagradable. Muy cerca de las rejas estaba el baño: un hoyo asqueroso con nada para cubrir más que 2 paredes en forma perpendicular, estaba esquinado. A los lados asquerosas marcas de dedazos deseosos de querer limpiar algo, haciéndole compañía a los grafitis y rayones que imperaban en toda la galera. Como música de fondo podíamos escuchar los gritos desenfrenados de una borracha que minutos atrás, en el examen médico, no podía ni cruzar 1 metro sin tambalearse.
Rápidamente nos pusimos hablar entre nosotros, a empezar a planear algo. Más que planear era compartir la misma pena porque no había realmente nada, al instante, que pudiéramos hacer.
De esa misma manera nos enteramos que todos los que se encontraban en la celda habían sido detenidos por "ambulantaje", por querer ganarse la comida. Grandes y chicos todos los que allí estaban fueron detenidos bajos esos mismos términos. Entonces pudimos empezar a asociar lo que vendía cada quién: alguno mangueras, otro más tamborines, otro discos y por allá vimos al señor con su traje de Bon Ice.-¿Y a ustedes por qué los agarraron?-nos dijo alguien del otro lado de la caja.
-Por tocar música sin permiso en el Zócalo.
-Jajaja, qué mamadas. Estos güeyes ya nos saben ni a quién detener.
-¿Y a ustedes?
-Por vender en la calle, sin permiso. Estábamos afuera del Metropolitan.
-Chale, no manches.
Nos sentamos y quedamos en silencio por un rato; tratando de hacer cómplice al ambiente, al día, a la celda.-¡Devuélvanme mis 200 pesos!-gritaba la borracha en otra ratonera aparte-¡Pinches policías culeros, devuélvanme mis 200 pesos!
Fue ahí cuando nos empezó a contar la historia. La verdad fue algo relajante, necesitábamos un poco de risa entre tanta cosa mala. Y la historia fue perfecta para aceptar, a risotadas, lo que en ese momento era inevitable. Ya saldríamos después, pero en ese instante nos reíamos. Aunque con pena, realmente. Porque pudimos observar que el señor, en sus cuarenta, tenía algún tipo de discapacidad o por lo menos retraso intelectual. En realidad el no merecía estar ahí, fue el giro inesperado de eventos que lo llevó a ese lugar. Y empezó a contar.-¿Y a usted por qué lo detuvieron?-preguntamos al señor de los Bon Ice.
-Jajajaja, está buenísima su historia, güey-contestó un chavo, más o menos de nuestra edad, en lugar del señor.
-Sí, jaja, todo fue culpa de un payaso-dijo alguien más del otro lado de la galera.
-¿Y por qué por un payaso?
Las carcajadas no se hicieron esperar. Y sí, fue culero burlarse así de su desgracia, pero era lo único que podíamos hacer en ese momento. Todos nos encontrábamos por las mismas y la risa es el único refugio al que podíamos acudir. Después de eso nos dejaron hacer las llamadas, cada quién llamó a sus respectivos hogares esperando a que no tardaran demasiado. Y volvimos a entrar en la galera.-Pues verán, eran aproximadamente las 4-5 de la tarde. Yo como siempre trataba de vender el producto y con ese fin iba caminando por el centro después me moví hacia el Metropolitan, ya que vi que había evento ese día y que quizá podría tener más suerte vendiendo ahí. Total, me puse afuera del Metropolitan con mi carrito de Bon Ice, afuera había todo tipo de ambulantes, pero yo no me preocupaba porque tengo permiso para vender.
-¿Entonces, por qué lo detuvieron?-preguntamos, ya interesados.
-P'allá voy. Ahí estaba despreocupado cuando veo que se me acerca un payaso...
-Jaja, ¿un payaso?
-Sí, sí. Con maquillaje, zapatos y toda la cosa. Él traía volantes y los estaba repartiendo afuera del Metropolitan. Lo que yo no vi es que era publicidad distinta del lugar, es más, creo que eran volantes para un table, con mujeres desnudas y toda la cosa...
-Jajaja-reían todos dentro del lugar.
-Jaja-rió también él-Después de eso, el payaso se acercó a mí y me dijo que le hiciera el paro ayudándolo a repartir los volantes, que nada más le faltaban pocos. Decidí ayudarle a repartir los volantes, total no quedaban muchos. No pasaron ni 10 minutos y vimos todos los que estábamos ahí llegar a la patrulla. Todo mundo empezó a levantar sus cosas en chinga, yo, me quedé pasmado, aunque no preocupado por eso de que tenía permiso. Pero aún tenía los volantes en la mano y los polis los vieron e inmeditamente después ya me tenían junto con los demás ambulantes. Sólo pude observar que el payaso que me había dado la publicidad se echó a correr y su traje y sus zapatotes fueron lo último que observe antes de llegar aquí.
Después de la anécdota cada quién volvió a examinar su propia respiración. A sentir su circulación interna. A respirar, en silencio.-¿Y usted "Bon Ice", no va a hablarle a alguien?
-Pues no tengo a nadie a quien llamar-nos dijo, con un tono más triste en su mirada. Ahora ya no se respiraba alegría momentánea, ahora sólo era aceptar la realidad en forma pura, lamentable.
-¿Su familia?
-No pues no tengo a nadie más que a mi hermano y él vive en Puebla.
-¿Y a su trabajo? ¿No puede llamar para que lo saquen?
-Sí, pero a esta hora ya no hay nadie. No tiene sentido. Cierran a las 8-eran cerca de las 12.
-Entonces, ¿se va a quedar aquí toda la noche?
-Pues al parecer sí.-volvió a decir pero ahora con una mirada más triste.
No recuerdo exactamente cuánto tiempo pasó después de eso, pero se nos hacía eterno. Durante todo el rato los gritos de la borracha eran los que tapizaban el lugar y algunos compañeros de celda nuestros la callaban, y nos reíamos todos juntos de nuevo. Pero el compañerismo inmediato dado por la galera nos ayudó un poco a pasar un rato menos desagradable.
-Músicos, llegaron por ustedes-nos dijo el policía del otro lado de las barras.
3.17.2010
Asir
Pa'no perder la costumbre pondré otra entrada. Aunque todavía no he escrito nada nuevo, me gustaría pasarles esto, que se me hizo súper chistoso e interesante cuando lo vi por primera vez. Es la conjugación del verbo asir, que en términos simples es agarrar o tomar. Aquí está:
Chistoso ¿no?
FORMAS NO PERSONALES | ||
Infinitivo asir | Participio asido | Gerundio asiendo |
INDICATIVO | SUBJUNTIVO | |
Presente asgo ases / asís ase asimos asís / asen asen | Futuro simple o Futuro asiré asirás asirá asiremos asiréis / asirán asirán | Presente asga asgas asga asgamos asgáis / asgan asgan |
Pretérito imperfecto o Copretérito asía asías asía asíamos asíais / asían asían | Condicional simple o Pospretérito asiría asirías asiría asiríamos asiríais / asirían asirían | Pretérito imperfecto o Pretérito asiera o asiese asieras o asieses asiera o asiese asiéramos o asiésemos asierais o asieseis / asieran o asiesen asieran o asiesen |
Pretérito perfecto simple o Pretérito así asiste asió asimos asisteis / asieron asieron | Futuro simple o Futuro asiere asieres asiere asiéremos asiereis / asieren asieren | |
IMPERATIVO | ||
ase (tú) / así (vos) asid (vosotros) / asgan (ustedes) | ||
Chistoso ¿no?
2.18.2010
Miedo-La impotencia
Cerca de las 5 de la tarde, Alberto entra al mall un poco nervioso. Siente el metal frío en su pantalonera de 20 pesos. Desde ese instante puede saborear el éxito que lo sacaría de una vida miserable. Si consigue perpetrar el asalto en la famosa tienda de cosméticos que está en el 3er piso conseguiría todo lo que ha soñado, más dinero que otra cosa, también la satisfacción de que por fin después de tanto trabajar y tanto esforzarse sería recordado por los clientes y por los empleados de la tienda, osea, por alguien. Ahora estaba bajo sus propias riendas; no tenía que esmerarse para complacer a otras personas -que en otrora fueran sus tíos-. No obstante, ahora tiene que pensar para tres cabezas, no solamente la suya. Ya que con el bebé en este mundo su responsabilidad como jefe de familia aumenta enormemente. Aún así disfruta el regocijo casi morboso de saber que al regresar de ganarse la vida, no de buena manera, estará esperándolo su esposa, con quien desde que se escapó de la prepa, de las obligaciones y de la vida honrosa, comparte su cotidianidad.
Realmente no tenía un plan, todo iba encaminado para que fuera a lo bestia, sin pensarlo más. Así lo había hecho veces pasadas. El problema es que no es lo mismo saquear un pequeño abarrotes a entrar solo con mano armada y enfrentarse a dos policías que siempre resguardan la tienda de cosméticos.
-Morirán los que sean necesarios-pensó, mientras apretaba el botón del elevador.
A su lado, segundos después de haber apretado el botón, apareció Jonás, quien traía puestos sus audífonos y estaba leyendo un pequeño libro. Absorbido por la lectura, como de costumbre, Jonás hizo caso omiso a la mirada amenazante que le lanzó Alberto. No le importaba. Él, inmiscuido en sus propios pensamientos, se la vive como todo buen estudiante. Tal vez no como todo buen estudiante, ya que Jonás es de esas personas inquietas y con un sentido de búsqueda incansable, no del todo común. También buen artista. ¡Cómo disfruta la música Jonás! sobre todo cuando es él quien la toca. Aunque no tiene mucha oportunidad para esto, la mayor parte del tiempo por los problemas en casa. De esta manera, prefiere pasar sus días lo más alejado que pueda de su familia. -Qué fastidio-piensa él.
-Qué fácil sería apañar a este cabrón-pensó Alberto al verlo-pero concéntrate, vienes aquí por algo más grande-se dijo otra vez a sí mísmo.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Marina, que ya estaba adentro, sonrió a Jonás y miró de reojo a Alberto con gesto de superioridad. Ambos subieron. La suntuosidad de la única mujer en la pequeña recámara en movimiento era notablemente pedante. Accesorios y demás artilugios de las marcas más caras -lo mejor para la nena decía su papi-. No era suficiente con tener coche último modelo, teléfono inteligente, casa en Polanco y demás mamadas; tenía que mostrárselo a las personas para que, por lo menos ella, se sintiera no tan hormiga en este basto universo. Y aún así, ni una gota de esfuerzo derramada en las ganancias obtenidas a lo largo de sus tres décadas de vida. Pero Marina no podía evitar pensar lo peor cuando veía a personas como Alberto.
-Pinche naco. No sé por qué los dejan a entrar a estas plazas.-pensó ella-nomás nos quitan aire y afean el hermoso panorama de la plaza.
Y la puerta se cerró. No era de esos elevadores de cristal cuyas paredes exhibicionistas dejan ver las nalgas y cuerpos de los que ahí se encuentran. No. Éste era un pequeño ascensor que se encontraba cerca de los baños, de esos que están más escondidos.
¿Qué hay con los ascensores que cuando al preciso instante en que uno entra se siente incómodo? No importa que tan valiente seas; nunca podrás evitar ese sentimiento de inconformidad, incluso de arrebato de tu propio chi, al estar en una de esas cajas colgantes.
Marina buscaba entrar también a la tienda de cosméticos, pero no con el mismo fin. Por su parte, Jonás, iba en busca de una librería en donde esperaba encontrar el ejemplar que no había podido conseguir durante tanto tiempo.
En el segundo piso subieron Javier y su papá, el niño feliz saboreando su helado tenía toda la cara manchada de este lácteo; Francisco con un gesto más alegre que nada le reprochó y le limpió la cara. Y de nuevo se cerraron las puertas. ¡Qué par eran aquéllos! Si uno los viera sin saber nada de ellos pensaría que son mejores amigos. Esto es particularmente extraño, ya que los dos habían vivido la amarga experiencia del divorcio. Al parecer esto los unió aún más. Ahora con más tiempo libre, por la promoción que había obtenido Francisco, se podían dar el lujo de salir de la ciudad, o en este caso disfrutar el ver una película juntos cualquier fin de semana.
Suspiro grupal, implícito e incómodo, de parte de nuestros cinco personajes, fue el que se dio en cuanto se cerraron las puertas. Ese silencio rutinario, tantas veces escuchado por el ascensor, fue interrumpido por un fuerte golpe y el apagón inmediato de las luces. Casi de manera sincronizada le siguieron el llanto del niño y los gritos de la mujer atemorizada. En ese mismo instante rondó por la mente de nuestros participantes ese sentimiento de impotencia. Porque finalmente eso es lo que pasa en estos casos, no depende de uno poder salir. Las luces apagadas propician aún más la fragilidad de nuestra intimidad, no se puede evitar sentir que lo están observando.
No fueron contados los minutos por los 5 nuevos aventureros, sin embargo, se les hizo una eternidad. El silencio ahora no era presente; las respiraciones se hacían cada vez más forzadas entre los que se encontraban allí, y el llanto después de los primeros 20 minutos, había cesado. La luz de emergencia no volvió sino hasta media hora después, y la penumbra que cubría a nuestros personajes se desvaneció así como llegó. La tranquilidad del poder ver de nuevo la luz hizo que se voltearan a ver entre sí. Ahora era más claro quién es quién. Ja. Y los estereotipos mentales de cada uno de nuestros personajes saltaron a la vista en cuanto volvió la luz.
Y como si los hubiera unido ese pequeño percance, alguien por fin habló:
-Creo que lo que debemos hacer primero es mantener la calma-dijo Jonás con tono afable a todos-ahora bien, debe haber un teléfono de emergencia dentro del ascensor para estos casos.
-Sí, aquí está-contestó Marina, todavía con el espanto en la piel.
-Muy bien-contestó Jonás-ahora, creo que debemos...
-A ver güey, ¿a ti quién te hizo el jefe aquí? -le reprochó Alberto.
-¿Perdón?-dijo Jonás, totalmente sacado de onda-no es que quiera hacerme el jefe pero creo que debemos mantenernos juntos y con calma para salir lo más rápido posible de esta situación.
-Yo estoy de acuerdo-respondió Francisco, en vez de Alberto, desde una esquina de la pequeña jaula blindada gris-si empezamos a agredirnos unos a otros esto va a tardar más y vamos a tener más miedo. Además aquí nadie sabe de lo que es capaz cada quién-continuó Francisco.
-¿Qué chingados quieres decir con eso güey?-le respondió enojado Alberto a Francisco-¿Acaso me estás diciendo delincuente?
-Nada de eso. Sólo digo que hay que mantener la calma para que...
-Sí, mantener la calma. Ajá-dijo en tono sarcástico Alberto-como si no se nos hubiera ya arruinado la tarde por culpa de estas pendejadas...
-¡Te pido que cuides tu lenguaje frente a mi hijo...
-¡O si no ¿qué?!-dijo Alberto amenazante sacando la pistola de sus pans y apuntando a Francisco.
Marina y Jonás de expectadores lo único que pudieron pensar fue instintivamente hacerse a un lado, para que la boca de vapor del arma no se les quedara viendo. Javier reventó en llanto una vez más.
-¡Cállate!-le dijo Alberto al niño, ahora apuntándole a él.
-¡No le apuntes por favor, ya no hablamos ni lloramos pero por favor no le apuntes a mi hijo!-le suplicó Francisco a Alberto.
La repentina reacción de Alberto sorprendió a todos, pero más a él mismo. Intelectualizándolo, Alberto sabía bien porqué estaba enojado -todo el plan se había ido a la mierda por culpa del percance-. Pero era otra cosa, una parte de sí mismo que el no conocía ni había experimentado antes. Quizás lo más parecido haya sido una de esas veces en las que tenía que ayudarle a sus tíos, y para tal fin tenían que tomar el metro; Alberto recuerda vagamente que no le gustaba estar entre tanta gente a horas pico. Sin embargo esto era distinto, se sentía atrapado, privado de sus propias decisiones, atemorizado totalmente; porque se dio cuenta que no depende de nosotros nuestro destino. -No estamos en nuestras manos-se dijo muerto de miedo. Quizás por esto se calmó un poco, no porque el impacto haya cesado, sino porque había sido el pensamiento más existencialista que haya tenido en toda su vida, y no le gustaba hacerla de filósofo.
Atónito, se fue hacia una esquina del ascensor, y se sentó en el suelo, pensando y reflexionando una y otra vez. El miedo se convirtió en doble: el pensar en el destino y en el porqué de su existencia, y sentirse totalmente acorralado, no sólo por las cuatro paredes de la habitación, ni por sus cuatro acompañantes,
La situación fue relajada por la decisión de Alberto de separarse un poco del grupo. Y sin objeción alguna por parte de los demás.
Otro suspiro, pero ahora por parte de Marina y Jonás. Ya un poco más tranquilos decidieron usar el teléfono de emergencia, el cual por cierto no servía. Marina descubrió la misma impotencia que había sentido Alberto al quedarse frío e inerte. Esto la escarmentó, y el miedo la recorrió desde la punta de la cabeza hasta los pies. Lo que le pasó a Marina no fue menos horroroso que lo que sintió Alberto. El miedo se apoderó de ella, como un ente fuera de su propia esencia, y no lo podía controlar por más que quisiera. Ahora ni el dinero la ayudaba.
-¡Nos vamos a morir en esta pinche caja hedionda!-dijo Marina desesperada, tras no haber obtenido resultados satisfactorios con el teléfono de emergencia.
-Cálmate-le dijo Jonás-no nos pueden dejar aquí, por lo menos debe de haber una persona que sepa que estamos aquí. Mira-y señaló hacia una cámara de seguridad que se encontraba en el ascensor.
Esas simples palabras calmaron momentáneamente a Marina, pero ni Jonás se las había tragado por completo. El miedo que sentía él era apacible hasta ahorita, pero si se quedaba más tiempo allí sabía que no lo podría controlar.
-Papi, tengo que ir al baño-dijo el pequeño Javier.
-Agúantate m'hijito, ahorita no podemos hacer nada al respecto.
-¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí?-dijo el niño.
-No lo sé... no lo sé.
-Papi, tengo miedo-dijo de nuevo Javier.
-¿Pero de qué?, si ya sabes que yo estoy aquí, y estoy para protegerte-le sonrió a Javier, de manera forzada.
Alberto ya casi delirante, se movía constantemente; eso ponía muy nerviosos a los demás pasajeros de aquel navío náufrago de cables y circuitos. Y es que Alberto se encontraba en una encrucijada, elegir uno de los miedos. El estar en medio de ambos era peor para él.
El tiempo transcurría cada vez más lento. Para hacerlo más ameno Jonás empezó a hablar con Marina, y ella coqueteaba con él. Francisco y Javier por su parte se divirtieron de buena manera con una baraja que Francisco traía consigo "para cualquier circunstancia"... ¡y vaya circunstancia!
No había nada que pudieran hacer; esto lo aceptaron de manera mansa y tácita. Se cansaron de buscar alternativas para salir de la caja, la cual parecía hacerse más y más pequeña.
Hasta que el pequeño Javier no pudo contenerlo más. Y lo que de por sí ya parecía una tortura, ahora, se había convertido en una líquida y apestosa. Por supuesto el pequeño se puso nervioso y empezó a llorar, entre Marina, Jonás y su papá trataron de apaciguarlo. En vano. Los decibeles aumentaron tanto que eso sacó del ensueño delirante en el cual se encontraba Alberto. Esto acabó con su paciencia. El llanto fue tan brutal para él que lo hizo decidirse por el miedo que más le espantaba, y ahora, pero con más ahínco y más convicción sacó de nuevo la pistola.
-¡Cállate, puta madre!-gritó lo más fuerte que pudo, empapado en sudor.
Lo curioso es que Alberto no se había dado cuenta de la situación líquida en la cual se encontraban todos ahora; una vez que se dio cuenta de ello decidió ponerle fin.
Activó el arma y...¡PAM!
Oscuridad estruendosa de nuevo.
La luz falló otra vez, y como la vez anterior el acompañamiento fue el llanto del niño y los gritos de ¡no! de todos los demás presentes, a excepción de Alberto. En ese momento, el miedo fue común a cuatro de los integrantes de la cabina. El pensamiento más atroz. El miedo que había sentido Alberto fue transferido a ellos, de manera inusual. Porque al fin de cuentas las acciones de Alberto se veían regidas por su miedo y no por él, y esto lamentablemente desencadenó el otro miedo en los demás.
En seguida se escucharon uno, dos, tres balazos. Retumbaron en toda la pequeña habitación, y de nuevo el silencio hizo aparición.
Jonás pudo comprobar que el color carmesí de la sangre combinaba de manera perfecta con las luces pálidas de la plaza, sosteniendo el arma que dio fin a su anterior portador ante las miradas atónitas del público que intacto se sostenía, al momento en el que por fin se abrieron las puertas del ascensor.
Realmente no tenía un plan, todo iba encaminado para que fuera a lo bestia, sin pensarlo más. Así lo había hecho veces pasadas. El problema es que no es lo mismo saquear un pequeño abarrotes a entrar solo con mano armada y enfrentarse a dos policías que siempre resguardan la tienda de cosméticos.
-Morirán los que sean necesarios-pensó, mientras apretaba el botón del elevador.
A su lado, segundos después de haber apretado el botón, apareció Jonás, quien traía puestos sus audífonos y estaba leyendo un pequeño libro. Absorbido por la lectura, como de costumbre, Jonás hizo caso omiso a la mirada amenazante que le lanzó Alberto. No le importaba. Él, inmiscuido en sus propios pensamientos, se la vive como todo buen estudiante. Tal vez no como todo buen estudiante, ya que Jonás es de esas personas inquietas y con un sentido de búsqueda incansable, no del todo común. También buen artista. ¡Cómo disfruta la música Jonás! sobre todo cuando es él quien la toca. Aunque no tiene mucha oportunidad para esto, la mayor parte del tiempo por los problemas en casa. De esta manera, prefiere pasar sus días lo más alejado que pueda de su familia. -Qué fastidio-piensa él.
-Qué fácil sería apañar a este cabrón-pensó Alberto al verlo-pero concéntrate, vienes aquí por algo más grande-se dijo otra vez a sí mísmo.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Marina, que ya estaba adentro, sonrió a Jonás y miró de reojo a Alberto con gesto de superioridad. Ambos subieron. La suntuosidad de la única mujer en la pequeña recámara en movimiento era notablemente pedante. Accesorios y demás artilugios de las marcas más caras -lo mejor para la nena decía su papi-. No era suficiente con tener coche último modelo, teléfono inteligente, casa en Polanco y demás mamadas; tenía que mostrárselo a las personas para que, por lo menos ella, se sintiera no tan hormiga en este basto universo. Y aún así, ni una gota de esfuerzo derramada en las ganancias obtenidas a lo largo de sus tres décadas de vida. Pero Marina no podía evitar pensar lo peor cuando veía a personas como Alberto.
-Pinche naco. No sé por qué los dejan a entrar a estas plazas.-pensó ella-nomás nos quitan aire y afean el hermoso panorama de la plaza.
Y la puerta se cerró. No era de esos elevadores de cristal cuyas paredes exhibicionistas dejan ver las nalgas y cuerpos de los que ahí se encuentran. No. Éste era un pequeño ascensor que se encontraba cerca de los baños, de esos que están más escondidos.
¿Qué hay con los ascensores que cuando al preciso instante en que uno entra se siente incómodo? No importa que tan valiente seas; nunca podrás evitar ese sentimiento de inconformidad, incluso de arrebato de tu propio chi, al estar en una de esas cajas colgantes.
Marina buscaba entrar también a la tienda de cosméticos, pero no con el mismo fin. Por su parte, Jonás, iba en busca de una librería en donde esperaba encontrar el ejemplar que no había podido conseguir durante tanto tiempo.
En el segundo piso subieron Javier y su papá, el niño feliz saboreando su helado tenía toda la cara manchada de este lácteo; Francisco con un gesto más alegre que nada le reprochó y le limpió la cara. Y de nuevo se cerraron las puertas. ¡Qué par eran aquéllos! Si uno los viera sin saber nada de ellos pensaría que son mejores amigos. Esto es particularmente extraño, ya que los dos habían vivido la amarga experiencia del divorcio. Al parecer esto los unió aún más. Ahora con más tiempo libre, por la promoción que había obtenido Francisco, se podían dar el lujo de salir de la ciudad, o en este caso disfrutar el ver una película juntos cualquier fin de semana.
Suspiro grupal, implícito e incómodo, de parte de nuestros cinco personajes, fue el que se dio en cuanto se cerraron las puertas. Ese silencio rutinario, tantas veces escuchado por el ascensor, fue interrumpido por un fuerte golpe y el apagón inmediato de las luces. Casi de manera sincronizada le siguieron el llanto del niño y los gritos de la mujer atemorizada. En ese mismo instante rondó por la mente de nuestros participantes ese sentimiento de impotencia. Porque finalmente eso es lo que pasa en estos casos, no depende de uno poder salir. Las luces apagadas propician aún más la fragilidad de nuestra intimidad, no se puede evitar sentir que lo están observando.
No fueron contados los minutos por los 5 nuevos aventureros, sin embargo, se les hizo una eternidad. El silencio ahora no era presente; las respiraciones se hacían cada vez más forzadas entre los que se encontraban allí, y el llanto después de los primeros 20 minutos, había cesado. La luz de emergencia no volvió sino hasta media hora después, y la penumbra que cubría a nuestros personajes se desvaneció así como llegó. La tranquilidad del poder ver de nuevo la luz hizo que se voltearan a ver entre sí. Ahora era más claro quién es quién. Ja. Y los estereotipos mentales de cada uno de nuestros personajes saltaron a la vista en cuanto volvió la luz.
Y como si los hubiera unido ese pequeño percance, alguien por fin habló:
-Creo que lo que debemos hacer primero es mantener la calma-dijo Jonás con tono afable a todos-ahora bien, debe haber un teléfono de emergencia dentro del ascensor para estos casos.
-Sí, aquí está-contestó Marina, todavía con el espanto en la piel.
-Muy bien-contestó Jonás-ahora, creo que debemos...
-A ver güey, ¿a ti quién te hizo el jefe aquí? -le reprochó Alberto.
-¿Perdón?-dijo Jonás, totalmente sacado de onda-no es que quiera hacerme el jefe pero creo que debemos mantenernos juntos y con calma para salir lo más rápido posible de esta situación.
-Yo estoy de acuerdo-respondió Francisco, en vez de Alberto, desde una esquina de la pequeña jaula blindada gris-si empezamos a agredirnos unos a otros esto va a tardar más y vamos a tener más miedo. Además aquí nadie sabe de lo que es capaz cada quién-continuó Francisco.
-¿Qué chingados quieres decir con eso güey?-le respondió enojado Alberto a Francisco-¿Acaso me estás diciendo delincuente?
-Nada de eso. Sólo digo que hay que mantener la calma para que...
-Sí, mantener la calma. Ajá-dijo en tono sarcástico Alberto-como si no se nos hubiera ya arruinado la tarde por culpa de estas pendejadas...
-¡Te pido que cuides tu lenguaje frente a mi hijo...
-¡O si no ¿qué?!-dijo Alberto amenazante sacando la pistola de sus pans y apuntando a Francisco.
Marina y Jonás de expectadores lo único que pudieron pensar fue instintivamente hacerse a un lado, para que la boca de vapor del arma no se les quedara viendo. Javier reventó en llanto una vez más.
-¡Cállate!-le dijo Alberto al niño, ahora apuntándole a él.
-¡No le apuntes por favor, ya no hablamos ni lloramos pero por favor no le apuntes a mi hijo!-le suplicó Francisco a Alberto.
La repentina reacción de Alberto sorprendió a todos, pero más a él mismo. Intelectualizándolo, Alberto sabía bien porqué estaba enojado -todo el plan se había ido a la mierda por culpa del percance-. Pero era otra cosa, una parte de sí mismo que el no conocía ni había experimentado antes. Quizás lo más parecido haya sido una de esas veces en las que tenía que ayudarle a sus tíos, y para tal fin tenían que tomar el metro; Alberto recuerda vagamente que no le gustaba estar entre tanta gente a horas pico. Sin embargo esto era distinto, se sentía atrapado, privado de sus propias decisiones, atemorizado totalmente; porque se dio cuenta que no depende de nosotros nuestro destino. -No estamos en nuestras manos-se dijo muerto de miedo. Quizás por esto se calmó un poco, no porque el impacto haya cesado, sino porque había sido el pensamiento más existencialista que haya tenido en toda su vida, y no le gustaba hacerla de filósofo.
Atónito, se fue hacia una esquina del ascensor, y se sentó en el suelo, pensando y reflexionando una y otra vez. El miedo se convirtió en doble: el pensar en el destino y en el porqué de su existencia, y sentirse totalmente acorralado, no sólo por las cuatro paredes de la habitación, ni por sus cuatro acompañantes,
sino por su propio karma. Si dejaba de pensar en su destino, inmediatamente aparecería el miedo persecutorio de las paredes que se hacen más chicas; con ello todos sus síntomas: taquicardia, exasperación, sudor, "no poder respirar",... sentir que se muere. Por eso decidió aferrarse a su otro miedo y seguir pensando en él.
La situación fue relajada por la decisión de Alberto de separarse un poco del grupo. Y sin objeción alguna por parte de los demás.
Otro suspiro, pero ahora por parte de Marina y Jonás. Ya un poco más tranquilos decidieron usar el teléfono de emergencia, el cual por cierto no servía. Marina descubrió la misma impotencia que había sentido Alberto al quedarse frío e inerte. Esto la escarmentó, y el miedo la recorrió desde la punta de la cabeza hasta los pies. Lo que le pasó a Marina no fue menos horroroso que lo que sintió Alberto. El miedo se apoderó de ella, como un ente fuera de su propia esencia, y no lo podía controlar por más que quisiera. Ahora ni el dinero la ayudaba.
-¡Nos vamos a morir en esta pinche caja hedionda!-dijo Marina desesperada, tras no haber obtenido resultados satisfactorios con el teléfono de emergencia.
-Cálmate-le dijo Jonás-no nos pueden dejar aquí, por lo menos debe de haber una persona que sepa que estamos aquí. Mira-y señaló hacia una cámara de seguridad que se encontraba en el ascensor.
Esas simples palabras calmaron momentáneamente a Marina, pero ni Jonás se las había tragado por completo. El miedo que sentía él era apacible hasta ahorita, pero si se quedaba más tiempo allí sabía que no lo podría controlar.
-Papi, tengo que ir al baño-dijo el pequeño Javier.
-Agúantate m'hijito, ahorita no podemos hacer nada al respecto.
-¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí?-dijo el niño.
-No lo sé... no lo sé.
-Papi, tengo miedo-dijo de nuevo Javier.
-¿Pero de qué?, si ya sabes que yo estoy aquí, y estoy para protegerte-le sonrió a Javier, de manera forzada.
Alberto ya casi delirante, se movía constantemente; eso ponía muy nerviosos a los demás pasajeros de aquel navío náufrago de cables y circuitos. Y es que Alberto se encontraba en una encrucijada, elegir uno de los miedos. El estar en medio de ambos era peor para él.
El tiempo transcurría cada vez más lento. Para hacerlo más ameno Jonás empezó a hablar con Marina, y ella coqueteaba con él. Francisco y Javier por su parte se divirtieron de buena manera con una baraja que Francisco traía consigo "para cualquier circunstancia"... ¡y vaya circunstancia!
No había nada que pudieran hacer; esto lo aceptaron de manera mansa y tácita. Se cansaron de buscar alternativas para salir de la caja, la cual parecía hacerse más y más pequeña.
Hasta que el pequeño Javier no pudo contenerlo más. Y lo que de por sí ya parecía una tortura, ahora, se había convertido en una líquida y apestosa. Por supuesto el pequeño se puso nervioso y empezó a llorar, entre Marina, Jonás y su papá trataron de apaciguarlo. En vano. Los decibeles aumentaron tanto que eso sacó del ensueño delirante en el cual se encontraba Alberto. Esto acabó con su paciencia. El llanto fue tan brutal para él que lo hizo decidirse por el miedo que más le espantaba, y ahora, pero con más ahínco y más convicción sacó de nuevo la pistola.
-¡Cállate, puta madre!-gritó lo más fuerte que pudo, empapado en sudor.
Lo curioso es que Alberto no se había dado cuenta de la situación líquida en la cual se encontraban todos ahora; una vez que se dio cuenta de ello decidió ponerle fin.
Activó el arma y...¡PAM!
Oscuridad estruendosa de nuevo.
La luz falló otra vez, y como la vez anterior el acompañamiento fue el llanto del niño y los gritos de ¡no! de todos los demás presentes, a excepción de Alberto. En ese momento, el miedo fue común a cuatro de los integrantes de la cabina. El pensamiento más atroz. El miedo que había sentido Alberto fue transferido a ellos, de manera inusual. Porque al fin de cuentas las acciones de Alberto se veían regidas por su miedo y no por él, y esto lamentablemente desencadenó el otro miedo en los demás.
En seguida se escucharon uno, dos, tres balazos. Retumbaron en toda la pequeña habitación, y de nuevo el silencio hizo aparición.
Jonás pudo comprobar que el color carmesí de la sangre combinaba de manera perfecta con las luces pálidas de la plaza, sosteniendo el arma que dio fin a su anterior portador ante las miradas atónitas del público que intacto se sostenía, al momento en el que por fin se abrieron las puertas del ascensor.
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